No era aquel su paisaje favorito, pero vivía en él. Era el paisaje repetitivo y absurdo, que siempre vemos y que cada día nos espera, con el mismo horizonte ya sea el de la casa de enfrente o esa inmensa llanura, donde todos los arboles son verdes. La imaginación nos abre las puertas a muchas sugerencias, cuando ninguna es la nuestra.
Algún día quizás nos demos cuenta, que en el paisaje de siempre había una puerta abierta, donde estaba la rutina y la rutina era: la colina ondulante, el horizonte silencioso y los árboles, todos verdes y ellos y nosotros en el paisaje de siempre, que sin darnos cuenta, era cada día diferente.

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