Empezamos el viaje de una rutina, que lejos de ser rutina es una dadiva que nos da la vida.
Nuestros pasos han de llevarnos a lo más deseado de ese nuevo día, que empieza. Aún con el cielo oscurecido trotamos por el camino, que ha de llevarnos al río porque: el río es el que canta y el que regala la claridad y la calma de su agua. Es donde usar los sentidos y permitirnos soñar los sueños, que no podremos alcanzar. El agua no se detiene porque, lo suyo es viajar y mientras está amaneciendo lo nuestro será navegar hacia ese horizonte difícil de alcanzar.
Cada día la misma rutina; trotar por los caminos hasta llegar al río, rozar con nuestras manos el agua de cristal y aunque cada día la soledad sea la misma, cada día subiremos a la barca imaginaria para, que nos lleve a cruzar el mar que nos separa.
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